Términos y Mentalidades. Esfuerzo

LA OPINIÓN DE. . . JOSÉ VÍCTOR ORÓN SEMPER

Nacido en Valencia y reside en Madrid, escolapio. Doctor en Educación por la Universidad de Navarra. Licenciado en Estudios Eclesiásticos  e Ingeniero Superior de Caminos Canales y Puertos. Máster en Neurociencia y Cognición. Ha trabajado 15 años como profesor de secundaria y 6 años como investigador en el grupo Mente-Cerebro (ICS) de la Universidad de Navarra. Creo y dirige el proyecto UpToYou para la renovación de la educación e igualmente dirige el Centro SLAM Educación.

En LA OPINIÓN DE… Nos habla sobre términos y mentalidades. Esfuerzo

Esfuerzo. Hay gente a la que esa palabra le suena a algo tedioso. A otros, por el contrario, les parece ilusionante. Para unos, el inteligente no se esfuerza, pues esforzarse por algo es signo de debilidad; el fuerte hace las cosas sin esfuerzo. En cambio, para otros, esforzarse es un signo de fuerza interior, de que uno es autor de su propia vida. El esfuerzo es también considerado por algunos como el fruto del empoderamiento, lo que parece un objetivo deseable, pero ¿cómo diferenciar a un esforzado de un obcecado? ¿El empoderamiento se justifica a sí mismo? ¿Cómo entender el esfuerzo? ¿Se ha de educar a la gente para ser esforzada?

Pensemos antes en qué se basa el esfuerzo. Para algunos, el esfuerzo se basa en seguir sus propios sueños, pero ¿por qué se han de seguir los propios sueños? O, dicho de otra forma, ¿que se sueñe algo basta para poner todas nuestras fuerzas en ello? ¿Qué es lo que acredita un sueño o ilusión como valioso? ¿El mero hecho de ser soñado? Si es así, nos encontramos ante una respuesta circular, de tal forma que a los sueños nos entregamos con todas nuestras fuerzas y las fuerzas residen en que tenemos sueños. Me esfuerzo para conseguir mi sueño y mi sueño me da fuerzas para ir adelante. Pero en ese caso, ¿no está uno encerrado en sí mismo? ¿Qué diferencia los sueños de Hitler de los de la Madre Teresa o de los de Martin Luther King, que describe en su discurso I have a dream?

Y si las fuerzas no vienen (o no conviene que vengan) del mero hecho de tener un sueño, ¿qué es lo que llena de energía y fuerza a una persona? ¿Qué tipos de energía son los que movilizan a la persona? ¿Y qué le pasa al pusilánime, al que le falta energía y todo le tumba? El pusilánime también tiene sueños y soñar le llena de ilusión y le hace pensar, siguiendo el cuento de la lechera, que todo le va a ir muy bien. Lo que le falta es contacto con la realidad. En su sueño, piensa que en poco tiempo habrá montado un negocio, pero a la mínima contrariedad, se tumba porque, además de iluso, es inconsistente.

Las diferencias que existen entre una mentalidad fija y una mentalidad incremental se conocen cada vez mejor gracias a investigaciones que llevan muchos años realizándose. La mentalidad fija piensa que la realidad (bien sea la inteligencia, los rasgos de la personalidad o cualquier identificador personal) es fija y, aunque las cosas siempre pueden cambiar un poco, básicamente permanecen estables. En esa mentalidad, el esfuerzo es visto como un signo de debilidad, pues si me esfuerzo es porque se me “está acabando el recurso”. Es decir, si me esfuerzo para aprobar, para adquirir una habilidad o para mejorar una relación, es que esa realidad está demandando casi toda mi inteligencia, habilidad o capacidad de relación. El esfuerzo desanima, pues con la mentalidad fija, los límites se viven como vergonzosos y uno no quiere que sus vergüenzas queden expuestas. Si obtengo una calificación insuficiente, los demás verán el límite de mi inteligencia y mi pobreza vergonzosa quedará al descubierto. En un movimiento de orgullo, podría uno protegerse diciendo “es que yo paso de estudiar” pretendiendo mostrar una fortaleza que no tiene. Hay infinidad de mecanismos protectores: acusar al otro (“usted no lo explicó”), mentir (“es que no tuve tiempo”) denigrarse a uno mismo (“es que soy tonto”), etcétera. Todo menos hacer un cara a cara con la realidad.

La mentalidad incremental piensa que la realidad es dinámica y que siempre puede crecer, que siempre es posible introducir novedad en ella. En tal caso, el esfuerzo es visto como ilusionante pues es justo lo que a uno le permite crecer. La misma calificación insuficiente que podía suponer un límite, puede vivirse como un reto que va a suponer crecimiento. Lo que a unos desilusiona, a otros puede ilusionar.

Recuerdo una vez que, en clase, estudiando los procesos de somatización de las enfermedades, nos preguntó el profesor: “¿Cómo pensáis que se siente la gente cuando el médico les dice que el proceso somático que están viviendo puede ser fruto de una cuestión personal no resuelta y no tanto de una enfermedad biológica?”. Yo contesté: “Se sentirán muy contentos, porque parece más fácil pararse a pensar qué estoy viviendo y replantearse la propia vida, con la que uno puede hacer muchas cosas, que pensar que estoy enfermo porque una realidad distinta de mí que ni siquiera se conoce, me está dominando”. Mis compañeros de clase callaron y el profesor nos habló entonces de su experiencia profesional: “Pues la gente vive justo lo contrario. Se sienten más tranquilos pensando que están enfermos. No quieren pensar que tal vez ellos tengan que hacer algo con su vida. Prefieren pensar que es algo insalvable y esperan que el médico lo solucione”. Cuando uno está débil, la necesidad de esfuerzo se convierte en una acusación de la debilidad que no se quiere reconocer.

En el lado contrario, tenemos a quien se inyecta sobredosis de fuerza con el “yo puedo” o a quien se encuentra con un ignorante educador que le repite el mantra de “tú puedes”. Imagina a un cojo al que te acercas y le dices “anda”. Salvo que seas Jesucristo, lo que le pides no sirve más que para meterle el dedo en la llaga. Algo así hacen los que se acercan a los deprimidos y les dicen “ánimo”. Les piden un imposible.

También tenemos al sobrehinchado de ánimos irreales, como un globo que tarde o temprano explotará. Pero el repertorio es enorme y es posible encontrar al obcecado que no percibe el contexto y, aunque realizar su sueño suponga daño para otras personas, él sigue fuerte y firme en la misma dirección. Este tiene un final triste, pues cuando ya es tarde, acaba descubriendo que se ha quedado solo. La única solución que le queda es ir contra sí mismo. Algo de esto último podría estar detrás de los exitosos deprimidos. Entre los empresarios exitosos, la probabilidad de caer deprimido es el doble que en la población en general. Pero si la obcecación alcanza ya el grado sumo, pueden acabar como Hitler, inmolándose, pues el mundo es muy pobre para albergar su grandeza obvia, esa que los estúpidos mortales no han sido capaces de ver.

Lo que los trabajos sobre la mentalidad fija e incremental no han descubierto es que estas mentalidades son lo que en UpToYou llamamos mentalidades de segundo orden porque dependen de la mentalidad de primer orden que se tenga. La de primer orden habla de cómo me comprendo a mí mismo, de si me comprendo como persona o como cosa. Me entiendo como cosa cuando reduzco mi persona a meras características comportamentales, psicológicas o espirituales. A alguno le resultará raro leer que uno se trata como cosa cuando se reduce a sus características espirituales, pero desgraciadamente puede darse ese caso, como ocurre en los fanáticos religiosos, por ejemplo. En cambio, comprenderse como persona es saber que uno es más que esas características, que uno es ser de encuentro de intimidad a intimidad, que uno es siempre más. El punto de referencia no es uno mismo, sino el encuentro rostro a rostro con el otro. Si uno se sabe querido y acogido por el otro, no por alguna característica en concreto sino por lo que uno es, se produce la revelación de saberse persona. Se descubre entonces que todas las características comportamentales, psicológicas y religiosas son solo eso, caracterizaciones, y como tales, pueden cambiar porque podrían ser caracterizadas de otra forma. Quien se sabe persona, sabe que todo cambia en el encuentro. Nietzsche habló del super hombre, pero mucho tiempo antes, Santo Tomás ya había usado esa idea. Para Nietzsche, el superhombre es una cuestión autorreferencial de quien no se debe a nadie ni a nada. Para Tomás, sin embargo, el superhombre es fruto del encuentro con Dios, ya que la gracia coloca al hombre por encima de su propia naturaleza y le llena de poder. El superhombre de Nietzsche se emborracha en el poder como lo que cree ser; en santo Tomás, el poder es efecto de comprenderse como ser de encuentro.

Saberse persona, saberse ser de encuentro, hace que el mundo se nos quede pequeño. Uno se llena de fuerza porque sabe que, en el encuentro con el otro, todo cambia. La fuerza proviene de la sorpresa del encuentro y no de una borrachera de autopoder.

Al que se va a suicidar, al depresivo, no le digas “ánimo”. Se le dice “ánimo” al que lo tiene y le pides que lo ejercite, pero no se le pide al que no lo tiene. Al desanimado o desfortalecido por los motivos que sea, no se le anima por una transfusión de ánimos que los que están a su alrededor pretenden contagiarle con vítores. Lo que el otro necesita es sentirse persona, es decir, que nos relacionemos con su persona y no con su estado anímico, que es una característica, porque él es más que sus características. Si el otro descubre que es persona, descubrirá que su estado de ánimo no es él y podrá actuar (o no) sobre él. Digo “o no” porque, si uno descubre que su vida es significativa para alguien porque el otro está feliz de la vida compartida con él, sencillamente porque es compartida, descubre que nada le separa del otro. Tampoco su desánimo. Luego él no es su desánimo y podrá actuar (o no) sobre él en función de otros motivos, pero no en función del encuentro, pues el desánimo no produce ningún desencuentro.

Si vives con un neurótico y él descubre que su neurosis no supone ningún quebranto de vuestra relación, él se dará cuenta de que es más que su neurosis y podrá actuar o no sobre ella.

¿Quieres hijos, alumnos, llenos de energía? Quiérelos por lo que son, no por lo que viven, y sabrán así que ellos son más que lo que viven. Descubrirán una fuente de energía insospechada. Serán superhombres por la relación y no por la borrachera de creerse no se sabe quién.

¿Sabes cómo se distingue una energía procedente del encuentro de una energía procedente de la borrachera del autopoder? Por ejemplo, en los fracasos. Al que está lleno de energía por el encuentro, los fracasos no le tumban. Aunque le afecten mucho, usará la caída para levantarse (ojo, no decimos que se levantará “a pesar de la caída”. Lo que decimos es que usará la caída para levantarse, es decir, que, gracias a la caída, crecerá. Ver término resiliencia).

¿Sabes cómo se distingue una energía procedente del encuentro de la de un obcecado al que nada le tumba? En que el obcecado solo se ve a sí mismo. Al final, acaba solo y tristemente descubre (o no) que ha estado luchando contra sí mismo.

Es curioso, porque si dos personas discuten, lo que les llenará de energía del encuentro será precisamente usar su discusión para encontrarse. Si usan la discusión para hacerse fuertes y distanciarse, se estarán emborrachando de un yo que se cree fuerte.

¿Discutes con alguien? Encuéntrate con él o ella y verás cómo encuentras en ti, y por el encuentro, fuerzas nuevas. Esto te llenará de energía para soñar, pero será un sueño de encuentro. El sueño no se justifica a sí mismo, porque no sabemos de dónde le viene la energía al soñador. Por eso, diciéndoles a nuestros hijos y alumnos “persigue tus sueños”, podemos estar precipitándoles al abismo o abriéndoles caminos de crecimiento. Todo depende de dónde les vengan las fuerzas para soñar y del tipo de sueño que sea.

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