Términos y Mentalidades. Emoción

LA OPINIÓN DE. . . JOSÉ VÍCTOR ORÓN SEMPER

Nacido en Valencia y reside en Madrid, escolapio. Doctor en Educación por la Universidad de Navarra. Licenciado en Estudios Eclesiásticos  e Ingeniero Superior de Caminos Canales y Puertos. Máster en Neurociencia y Cognición. Ha trabajado 15 años como profesor de secundaria y 6 años como investigador en el grupo Mente-Cerebro (ICS) de la Universidad de Navarra. Creo y dirige el proyecto UpToYou para la renovación de la educación e igualmente dirige el Centro SLAM Educación.

En LA OPINIÓN DE… Nos habla sobre términos y mentalidades. Emoción

Un padre le grita a su hijo al ver que este no entiende lo que le dice y el niño le pregunta: “¿por qué me gritas?”. La contestación del padre, “porque me has puesto nervioso”, podría interpretarse de muchas formas: tal vez el padre esté impaciente o se sienta cómodo en la perfección o un largo etcétera. Aunque todo eso fuera cierto, no sería suficiente para explicar el grito y sería necesario considerar muchas más cosas. Sea como fuere, el caso es que el padre piensa que las emociones son provocadas por alguien. Es decir, las emociones ocurren en el padre, pero no son propiamente del padre, pues estas se explican por el niño. El niño sería quien llevaría la “nerviosidad” en sí mismo y, al acercarse al padre, lo habría contagiado. En ese caso, las emociones, aunque ocurren en el padre, son más del niño que del padre. Puede parecer cómico, pero eso es lo que está detrás de tantos libros de autoayuda que hablan de las personas tóxicas. La toxicidad pertenece al tóxico y él me toxifica. Uno acaba toxificado, pero la toxicidad pertenece al otro. Las emociones acaban siendo una reacción ante la influencia de un agente exterior. Por eso se suele proponer desarrollar habilidades socioemocionales para prevenirse del tóxico y dejar pasar al simpático.

Pero ¿y si el nervio no estuviera en el niño ni la toxicidad en el compañero de trabajo? ¿Y si no existiera un responsable (algo o alguien) que fuera la causa de la emoción? En tal caso, con esas habilidades socioemocionales, se estaría haciendo como mínimo el ridículo (leer el término de habilidades socioemocionales para descubrir que el daño es aún mayor). Lo que proponemos es que los sentimientos no solo ocurren en uno, sino que son ciertamente de uno. Lo que llamamos reacciones no son tales, sino que son expresión de la complejidad de una persona concreta en un momento y circunstancias concretas. Dicho de una forma más radical, las emociones son fruto y efecto del actuar humano. Nuestras acciones siempre preceden a nuestras emociones.

Algunos, para intentar salvar esta propuesta, intentarán conciliar la tensión y dirán que la emoción se debe en parte a uno mismo y en parte a lo que ocurre fuera. Que cada uno piense como quiera, pero lo que se está diciendo aquí no es eso, sino que la emoción se debe solo a la acción de uno mismo, no a lo que acontece fuera, sin que eso nos convierta en responsables de nuestras emociones. No se está diciendo que lo que ocurre fuera de nosotros haya sido decisión nuestra, sino que lo que acontece no tiene significado de por sí; tiene que ser significado por nosotros. Si se repasa el término significado, se verá que una realidad queda significada en función de cómo se inserta en las relaciones interpersonales que uno vive. El mundo no tiene significado de por sí, sino que lo adquiere en su inserción en las relaciones interpersonales. Una vez una realidad ha sido significada, nos expresamos ante esa realidad mediante la emoción.

De ordinario, llamamos a eso reacción porque ocurre muy rápido, pero llamarlo así es un error. Que ocurra rápido no quiere decir que sea una reacción; puede seguir siendo una expresión. Vygotsky decía que muchos comportamientos que llamamos reacciones no son más que cristalizaciones de la experiencia de significado pasada. La neurociencia muestra que los tiempos de procesamiento cerebral para dar significación a una realidad acontecen en milisegundos y no por ello se considera reacciones a tales procesos. También la neurociencia muestra la indeterminación que tiene el cerebro ante los acontecimientos nuevos que vivimos y llamamos ambiguos. A medida que el niño crece y los acontecimientos que vive van quedando significados, acontece una mayor especialización en la activación del cerebro, por lo que su expresión emocional ocurre en un tiempo menor. Pero que sea rápido no quiere decir que sea una reacción, sino que ese acontecimiento ya lo habíamos significado antes y nos expresamos en función de esa significación que hace presente nuestra historia pasada.

Pero aún hay más. Tampoco es cierto que las personas estemos en modo off y los acontecimientos nos pongan en modo on. Siempre estamos en modo on y lo único que hacemos es cambiar de tipo de on. Además, al estar en on, la persona está siempre proyectándose sobre la realidad. La percepción no es un fenómeno neutro, sino altamente personal ya que percibimos sobre a base de las predicciones que hacemos de la realidad. Por tanto, en lo que llamamos reacción, no solo se está expresando nuestra historia, sino también nuestra disposición actual. En cada momento, nuestra historia se actualiza con relación a la forma de vivir presente.

Los que apuestan por la reactividad suelen apelar a las emociones básicas, que serían emociones enraizadas en nuestra biología y que acontecerían como una reacción estándar ante acontecimientos exteriores. Estas se popularizaron a partir de Ekman, en los años setenta, pero hoy se sabe que no tienen nada de básicas, sino que son fruto de un alto procesamiento en el que intervienen aspectos sociales, de desarrollo corporal, volitivos, cognitivos, intencionales, etcétera. Lo que Ekman estaba midiendo no era si había o no reacciones básicas, sino si la gente había aprendido o podía aprender las emociones socialmente estandarizadas como básicas. En cambio, son muchos los que siguen manteniendo el carácter básico de tales emociones, sobre todo porque trasladan la interpretación de los resultados de la experimentación animal al ser humano, sin atender bien a la complejidad del ser humano.

Para el niño pequeño, no hay distinción entre emoción, valor y significado de una realidad. Con el tiempo, aprendemos poco a poco a diferenciar estos términos, utilizando unos para centrarnos más en la vivencia subjetiva individual (emoción), otros, en el beneficio individual o aprovechamiento posible de la situación (valor) y otros, en la forma en que una realidad se comprende de forma social y desprovista de elementos subjetivos (significado). Pero que el adulto sea capaz de diferenciar estos términos, no quiere decir que sean independientes. Nunca el significado está tan desprovisto de la realidad individual como para decir que es algo objetivo. Más bien, no nos resulta extraño llamar objetivo y claro a lo que siempre sentimos de la misma manera. En la realidad significada, siempre de alguna forma hay algo de nosotros mismos.

Así pues, las emociones hablan de nuestra historia, de la que hemos sido y somos actores. Ello no quiere decir que uno sea culpable de lo que siente, pues el sentimiento no remite a ninguna realidad en concreto, sino a la convergencia o al encaje de muchos elementos. En tal caso, el sentimiento es una propiedad emergente que no ha sido constituida por uno, sino por un multiencuentro de la múltiple realidad personal y relacional. Los sentimientos nuestros, en ese sentido, hablan de la historia de nuestros encuentros. Esto hace que, ante el sentimiento, no pueda demandarse responsabilidad ni tenga sentido buscar un causante. No hay causa, sino que el sentimiento es reflejo del estado vital complejo y dinámico de una persona. Los sentimientos ocurren en mí, hablan de mí al mismo tiempo que no puedo culpar a nadie de ellos, ni a mí mismo, pues no se atribuyen a nadie de una forma biunívoca (una causa, un efecto).

En cada momento, la persona actúa y se dispone ante el mundo de una forma concreta. Tiene unos objetivos e intención concretos, unas circunstancias específicas que van desde lo más biológico hasta lo más subjetivo. Y, en cada momento, la persona se posiciona y actúa o vive de una forma concreta. Ese acto en la complejidad de la historia personal es el que explica la realidad sentimental vivida. Los sentimientos nos informan de la conveniencia (o encaje) de la complejidad de una persona en un momento y circunstancias concretas. Así pues, los sentimientos se convierten en la puerta de acceso a la interioridad de uno, pues lo sentimientos no solo ocurren en uno, sino que son de uno.

¿Qué valor emocional tiene recibir un golpe de otra persona, que te tire al suelo y salga corriendo sin prestarte atención después de quitarte lo que llevas en las manos? Algunos dirán que, sea lo que sea, se trata de una emoción desagradable. Y ¿qué piensas ahora si te digo que estamos hablando de un partido de rugby? El golpe, tirarte al suelo, ser ignorado, que te quiten lo que tienes, no tiene significado de por sí. El mundo no tiene significado, si no es por cómo se inserta en las relaciones interpersonales.

Con un mínimo de seriedad, no se puede hablar de personas tóxicas. De hecho, llamar a alguien tóxico es un contrasentido, pues una persona no puede ser reducida a sus características porque dejaría de ser persona. Lo que tiene sentido es hablar de situaciones o estrés tóxico, pero eso no quiere decir que la toxicidad se atribuya a una persona, sino a la forma de vivir las cosas en el encuentro de nuestra vida. Eso tampoco quiere decir que uno sea culpable de su situación, pues ningún acto humano es individual. Todo acto humano es social. Somos seres sociales y no existen actos no sociales. Si alguien vive en un estado tóxico, no tiene que lanzarse a la búsqueda de la fuente de la toxicidad, pues, estrictamente hablando, tal fuente no existe, sino que es mejor lanzarse a sanar sus relaciones interpersonales. No hay relaciones tóxicas de por sí, pues la relación no tiene por qué serlo. La toxicidad es una situación coyuntural, un adjetivo del sustantivo, que podría tener otro adjetivo. La toxicidad no es más que la descripción de una forma de convivir, pero no existe lo tóxico. De la misma forma que no existe lo bonito, sino realidades bonitas. Se puede mentalmente dar entidad a un adjetivo y hablar de lo tóxico y lo bonito, pero no existe en la realidad ni lo uno ni lo otro.

Si vives una situación emocional que te incomoda, no pienses qué habilidad socioemocional necesitas desplegar para protegerte de ella, pues, además de que no existe un enemigo frente al que luchar, ese pensamiento te introducirá en la locura. Algunos dicen que la locura es perder la razón, pero la razón no se puede perder. Lo que se puede perder es el contacto con la realidad. Uno que se suicida no hace algo ilógico a sus ojos, sino a los ojos del que lo contempla. El ser humano no hace nada absurdo a sus ojos. Si, como hemos dicho, las emociones son la puerta para acceder a la complejidad de cada uno, entonces, si cambias la emoción que sientes, regulándola, estás impidiéndote el acceso a tu realidad personal, con lo que solo te queda tu lógica. Eso es un proceso de locura.

Una vez, en un congreso en Copenhague, asistí a la descripción de una técnica oriental llamada el arco de la confianza. Cada mañana, al despertarse, la persona, sentada en su silla, trazaba con su mano un arco sobre su cabeza por siete veces con la mano derecha y otras siete con la izquierda diciendo: “estoy protegida del mundo”. Yo le pregunté a la ponente por qué decía “protegida del mundo” y no decía “abierta al mundo”. Hubo silencio. Por el control o la regulación emocional, uno se convierte en extranjero de su propia vida y vive al margen de su realidad.

Con lo dicho, se ha hecho presente la realidad de información contenida en el sentimiento o emoción (la distinción entre los dos términos, emoción y sentimiento, no ha ayudado nada a aclarar las cosas) pero no la realidad de tendencia. En UpToYou decimos que los sentimientos SON información y GENERAN tendencias de forma subsidiaria a la comprensión de la información. Uno puede estar frustrado porque llama a un amigo y este no le coge el teléfono, pero no se le genera la misma tendencia si entiende que su frustración se debe a que su amigo no quiere cogerle el teléfono o si piensa que su amigo está ocupado. Estoy igualmente frustrado, pero la frustración se comprende de forma diversa. En función de cómo se comprende la información que da el sentimiento, se genera en la persona una tendencia u otra.

Por otro lado, lo que el sentimiento genera es una tendencia (ver término), no una acción. Los sentimientos no causan ningún comportamiento. No es verdad que podamos justificar un golpe diciendo: “le pegué porque estaba nervioso”, pues estar nervioso no hace de por sí que uno golpeé a otro. Dos personas pueden sentir ira y, con ese mismo sentimiento, actuar de muy distinta forma. Uno podría golpear a alguien y, otro, golpearse a sí mismo. La comprensión de la realidad emocional genera tendencias, es decir, disposiciones generales a actuar de una determinada forma, pero esa comprensión no genera una acción concreta, pues no existe relación biunívoca entre una disposición interior y un comportamiento. La misma disposición puede ser expresada en distintos comportamientos y un mismo comportamiento puede ser la concreción de disposiciones distintas. Por ejemplo, el mismo hecho de abandonar una sala tras una discusión puede hacerse pensando que el otro es un idiota o pensando que el idiota es uno. Así pues, no podemos atribuir nuestras acciones a nuestra realidad sentimental, aunque tampoco podemos explicar nuestras acciones sin nuestra realidad sentimental. Por eso, uno sí que es responsable de sus acciones, pero no de sus sentimientos. Los sentimientos son efecto, son emergencia no solo de nuestras acciones sino de otras muchas más cosas, incluida toda la complejidad de nuestra vida. Por eso son fuente de conocimiento sin ser fuente de juicio.

Según como se entienda la emoción, se entenderá la educación emocional. A ese artículo se remite al lector para acabar de entender qué es la emoción.

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