El pasado 15 de enero, el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos escuchó el testimonio de varios expertos sobre el impacto del tiempo de exposición a pantallas en niños y adolescentes. En la apertura de la sesión, el senador republicano Ted Cruz, presidente del comité, afirmó que los menores pasan de media entre cinco y ocho horas diarias frente a dispositivos electrónicos. “Una infancia basada en el teléfono móvil”, la definió, y vinculó ese patrón a una crisis de salud mental, aprendizaje y creatividad.
Entre los comparecientes, el neurocientífico Jared Horvath fue contundente: “Nuestros hijos son menos capaces cognitivamente que nosotros a su edad”. A su juicio, la generación Z, nacida aproximadamente entre 1997 y 2012 y la primera que ha crecido con internet desde edades tempranas, sería también la primera en rendir peor de forma global en distintas pruebas —atención, memoria, lectura, matemáticas o cociente intelectual— pese a haber pasado más años escolarizada.
De hecho, la última edición de PISA (2022), la evaluación trienal de la OCDE a estudiantes de 15 años en 81 países, registró un descenso sin precedentes respecto a 2018 en matemáticas y lectura, mientras que en ciencias los resultados se mantuvieron relativamente estables.
Horvath situó el punto de inflexión en torno a 2010, coincidiendo con la expansión masiva de dispositivos digitales en aulas y hogares, y defendió limitar su uso en los centros educativos. “Cada vez que la tecnología entra en el aula, el aprendizaje baja”, argumentó el fundador de LME Global, organización dedicada a trasladar la investigación educativa a la práctica en el aula.
Sus palabras se divulgaron rápidamente y el tabloide New York Post llegó a titular que la generación Z era “oficialmente más tonta” que la anterior. En España, el eco mediático coincidió con el anuncio de Pedro Sánchez de impulsar la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años, reavivando el debate sobre cómo regular el entorno digital en la infancia.
Un fenómeno desigual y sin causas cerradas
Sin embargo, algunos investigadores creen que ese diagnóstico es simplista. “Decir que la generación Z es menos inteligente es una sobregeneralización que no tiene base científica”, señala a SINC José César Perales, catedrático de psicología de la Universidad de Granada e investigador del Centro de Investigación, Mente, Cerebro y Comportamiento (CIMCYC).
A su juicio, los datos disponibles no permiten hablar de un descenso global de la inteligencia —lo que se conoce como un “efecto Flynn inverso”, es decir, la reversión del aumento sostenido del cociente intelectual observado durante el siglo XX— sino de tendencias complejas y heterogéneas según el país, la cohorte y la habilidad evaluada.