El interés por las disciplinas artísticas es alto entre los adolescentes, pero solo una minoría logra convertir esa vocación en una carrera profesional. Detrás de esa brecha no hay únicamente una cuestión de talento, sino un entramado de factores sociales, económicos y culturales que condicionan las decisiones educativas desde edades tempranas.
Así lo señala una investigación de la Universidad de Cambridge, difundida por Agencia SINC, que ha analizado los datos educativos de 1,7 millones de estudiantes en Inglaterra. El estudio revela que, aunque cerca de la mitad de los jóvenes de 14 años muestran interés por las artes, solo uno de cada 25 acaba trabajando en el sector creativo al llegar a la edad adulta.
Los investigadores apuntan a un “efecto embudo” en el sistema educativo, donde las aspiraciones creativas se diluyen progresivamente. En este proceso influyen tanto la presión del entorno más cercano —familia, amistades o profesorado— como una jerarquía social que sitúa las disciplinas artísticas en un plano inferior frente a las consideradas más “seguras” o académicas.
“El consejo que reciben muchos estudiantes es priorizar itinerarios científicos o técnicos, percibidos como más estables”, explica el informe, que advierte de que esta recomendación no siempre responde a criterios pedagógicos, sino a una percepción extendida del riesgo económico asociado a las profesiones creativas.
El impacto es especialmente acusado entre los alumnos de entornos socioeconómicos bajos. Según la investigación, estos jóvenes encuentran mayores dificultades para mantener su interés en las artes a medida que avanzan en su formación, en parte por la falta de referentes y, sobre todo, por el miedo a la precariedad laboral. En el caso de las niñas, el estudio identifica una “doble desventaja”, al combinarse las barreras económicas con la desigualdad de género.
A esta presión social se suman obstáculos materiales. El acceso a oportunidades clave en el sector creativo —como prácticas no remuneradas o la elaboración de un porfolio competitivo— suele requerir recursos económicos y redes de contactos de las que carecen muchos estudiantes. Esta situación limita sus opciones y refuerza la idea de que estas carreras están reservadas a quienes pueden asumir mayores riesgos.
El informe también pone el foco en el papel de la formación profesional, que concentra buena parte de la enseñanza práctica en disciplinas creativas, pero cuyos titulados no siempre cuentan con las mismas oportunidades laborales que quienes acceden a la universidad.
Para los autores, el reto pasa por replantear tanto el asesoramiento educativo como la percepción social de estas disciplinas. “El acompañamiento debe ser realista, pero también cuestionar las jerarquías que priorizan lo académico sobre lo creativo”, subraya el estudio, que advierte de que, sin cambios estructurales, las industrias culturales seguirán reproduciendo desigualdades en lugar de corregirla.