La neurociencia no ha encontrado un marcador único ni una prueba cerebral que permita determinar la identidad de género de una persona. Es la idea central de un reportaje de divulgación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), firmado por Marga Zambrana y Anna Sánchez-Juárez, que repasa lo que dicen los estudios sobre cómo se construye esa identidad y qué pueden y qué no pueden mostrar las resonancias magnéticas.
El texto recoge las explicaciones de Emilia Redolar, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC e investigadora del Cognitive NeuroLab. Según el reportaje, la identidad de género forma parte del sentido del yo que el cerebro construye al integrar el cuerpo, la memoria, las emociones y la relación con los demás.
Cuatro conceptos que se confunden
Redolar advierte de que se mezclan con frecuencia términos como identidad, identidad de género, orientación sexual y sexo. El reportaje los distingue: el sexo reúne rasgos biológicos como los cromosomas, las gónadas, las hormonas y los órganos sexuales, mientras que la identidad de género es, en palabras de la profesora, «la experiencia interna y profunda del propio género».
La orientación sexual describe la atracción afectiva, romántica o sexual, y la expresión de género es la forma de comunicar socialmente rasgos asociados al género mediante la ropa, los gestos o la apariencia.
Genes, hormonas y entorno
Según el reportaje, el desarrollo sexual no es una cadena mecánica: los genes y las hormonas participan en la organización del sistema nervioso, pero la experiencia modifica sus conexiones a través de la plasticidad cerebral. Redolar cita como ejemplos los juguetes, los elogios en la escuela o los adornos de una fiesta de cumpleaños, que, afirma, van «calando y configurando el cerebro» de niñas y niños.
El artículo menciona un análisis de más de 1.400 cerebros realizado por un equipo internacional. Aunque existen diferencias promedio asociadas al sexo, la mayoría de los cerebros combina rasgos más frecuentes en mujeres, más frecuentes en hombres y comunes a ambos: es lo que denomina «cerebro mosaico». El texto concluye que esto impide convertir esas diferencias en dos moldes cerrados capaces de predecir la personalidad o la identidad de cada persona.
También recoge un estudio publicado en 2019 en Estados Unidos que comparó a 317 niños y niñas trans de entre 3 y 12 años con hermanos y menores cis. Su identidad y sus preferencias se alineaban con el género vivido con una intensidad similar a la de los participantes cis y apenas variaban con el tiempo transcurrido desde la transición.
Lo que muestra una resonancia y lo que no
Los primeros trabajos buscaban una estructura cerebral aislada que explicara la identidad de género. Hoy, según el reportaje, el foco se ha desplazado hacia redes distribuidas relacionadas con la autopercepción corporal, la atención, la introspección, las emociones y el control ejecutivo.
Una investigación sobre conectividad funcional halló patrones distintos entre grupos cis y trans en varias redes y propuso que su interacción contribuye a construir un «yo con género». Contó con 87 participantes y, subraya el texto, sus resultados son asociaciones, no una prueba causal.
El metaanálisis del consorcio ENIGMA analizó resonancias de 803 personas que no habían iniciado tratamiento hormonal, 386 trans y 417 cis, y detectó diferencias entre grupos en la superficie cortical y en el volumen de estructuras subcorticales. Los datos, según el artículo, no encajan en una traslación simple de «cerebro masculino» a «cerebro femenino», sino en configuraciones con rasgos propios y amplios solapamientos.
Los promedios de población no sirven como diagnóstico individual, advierte el reportaje, que cita una revisión de 2025 sobre jóvenes. Esa revisión identificó solo 20 estudios, la mayoría funcionales y transversales, y reclamó más trabajos longitudinales y la inclusión de identidades no binarias. Su conclusión, recoge el texto, es que la neuroimagen no puede probar ni refutar la identidad de una persona.
Redolar sostiene que «la identidad transgénero no es un trastorno, sino una forma diferencial de desarrollo». El reportaje recuerda que la Organización Mundial de la Salud (OMS) sacó la incongruencia de género del capítulo de trastornos mentales en la CIE-11.
Fuente: «Ni cerebro rosa ni azul: qué dice la neurociencia sobre la identidad de género», de Marga Zambrana y Anna Sánchez-Juárez (Universitat Oberta de Catalunya). https://www.uoc.edu/es/news/2026/ni-cerebro-rosa-ni-azul-que-dice-la-neurociencia-sobre-la-identitad-de-genero